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Trucos para construir una buena trama

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Trucos para construir una buena trama

Mensaje por Jesho el Miér Nov 30, 2011 1:18 pm

No tienes que meter en la historia todos los conflictos que te vengan a la mente. Dos o tres bastarán, e incluso uno sólo, si es un cuento breve. En todo caso, reserva el mejor o más intenso para el final.

· La trama más sencilla consiste en una sucesión de episodios con el mismo protagonista. Millares de cómics se estructuran de ese modo, pues es fácil añadir uno más a los ya creados. También el Lazarillo o el Quijote mantienen tal disposición. Si lo haces así, procura que la conclusión sea poderosa y que unifique de algún modo esos episodios. Pero a su vez, cada episodio se conforma como una narración autónoma con su trama, su antagonista, etcétera. Procura que sean amenos y poco parecidos entre sí.

· Cuando planeas un viaje, piensas en el destino y no en el punto de partida. Igualmente, planea tu historia desde un buen final, y nunca desde el principio, por mucho que te guste. No escribas sin saber adónde vas a parar. Puede ser divertido como ejercicio, pero al final te cansarás, y la historia se te atascará.

· ¡Cuidado! Lo que hace interesante una trama es que sea imprevisible para el lector, no para el autor. Tampoco trates de rizar el rizo, buscando el “más difícil todavía”, o también terminarás atascándote.

· No pretendas que el lector se trague lo que le cuentes, si no hay lógica en ello. Cada personaje tiene que tener sus propios motivos e intereses para hacer lo que hace, o se verá que son simples marionetas. Narrar es crear una ilusión de vida, y no meter una bola inverosímil. Esto es obligado en cualquier historia, por fantástica que sea. Por ejemplo, en el Episodio I de La Guerra de las Galaxias, los jedis van de acá para allá junto con un extraterrestre latoso, patoso y pesado que no les aporta nada ¿por qué lo hacen? Igualmente, una mujer arriesga la vida de su hijo sólo para que arreglen su nave y se larguen del planeta ¿por qué? No hay ningún motivo comprensible para esa reacción, y en consecuencia la historia se hunde. En una narración fantástica, los monstruos son aceptables, los planetas lejanos, también; pero las reacciones humanas ilógicas no. Jamás.

· Los motivos comprensibles son más fuertes cuanto más cercanos al personaje. Salvar al mundo de un científico loco está bien si andan cerca Batman o James Bond. Pero suele ser más interesante salvar un mundo que salvar el mundo: por ejemplo, una mujer se esfuerza en evitar que su negocio vaya a la quiebra; un hombre trata de apartar a su hijo de un amigo peligroso; un ejecutivo desea cierto puesto de trabajo, o no perder el suyo; un muchacho trata de evitar que su pandilla se disgregue; alguien ha metido en un lío a un ser querido, y trata de sacarlo de él… A veces, pequeños motivos cotidianos pueden dar paso a grandes historias: un chico pierde las llaves de casa, y no puede entrar sin despertar —ni enfadar— a su padre; a un anciano se le estropea su viejo coche y no da con nadie que se lo arregle…

· Usa las cosas justas. En una narración no debe faltar ni sobrar nada. Si escribes un párrafo magnífico sobre cómo se afeita tu personaje, o cómo se sube al autobús, quítalo si no dice nada más que eso. Si tiene una función ambiental, u otra, vale. Si no, fuera. Procura que todo sirva para algo, o te saldrá una historia pesadísima, aunque esté muy bien escrita. A veces, un detective sigue una pista falsa, pero eso sirve para indicar la dificultad de su cometido. Si metes muchas, el lector se cansará si la historia no progresa.

· Define bien cada personaje en cuanto aparezca. Procura que realice alguna acción que lo defina, y ahorrarás tiempo y párrafos. ¿Es inseguro? Que no se decida entre dos opciones sencillas, tomar té o café, por ejemplo. ¿Es violento? Que se irrite por cualquier bobada. ¿Es amable? Que ayude a alguien. Los “malos” de las películas suelen cometer alguna maldad enseguida, para que se vea lo malvados que son. Sobre todo, no digas cómo es un personaje: que lo deduzca el lector a través de las acciones que le presentas. Si son claritas y significativas, el lector lo entenderá sin ayuda, y además lo pasará muy bien comprobando lo listo que es.

· Un truco muy poderoso consiste en dar a cada elemento de la narración dos o más funciones. Esto no se refiere sólo a los personajes: una casa, un arma, una joya pueden servir para varios fines narrativos. Por ejemplo: una joya pasa de un padre a su hijo, una chica la toma y luego otros que buscan esa joya la creen hija del hombre que la poseía… (esto es Piratas del Caribe ¿no? Y la joya aún tiene bastante recorrido: es parte de una maldición, tiene poderes mágicos…). Así, la joya sirve como detonante de la trama, como pista falsa, como objeto mágico, etc. No es necesario complicarlo todo, pero intenta siempre que el objeto importante de la historia tenga algún doble, o triple propósito. No es difícil, y en cuanto la trama gira alrededor de algo pica la curiosidad del público: alguien quiere alquilar una casa, y como es muy cara, busca a otro inquilino con quien compartir los gastos. Más tarde, el otro inquilino parece conocer muy bien la casa, y el protagonista descubre que quizá vivió en ella, y que además allí se cometió un crimen, pero nunca se encontró al criminal. Ya ves para lo que da de sí la casa. ¡Sigue tú!

· No cuentes las cosas; muéstralas. En vez de contar que un personaje está muy triste y a la vez enfadado por que su chica le deja, mejor que, por ejemplo, alguien le pregunte “¿No vas a probar la cena?”; él responde “Déjame en paz”; el otro replica “¡Esa chica otra vez!”. Es más directo y más vivo.

· No abuses del flash back o analepsis. O sea: evita que los personajes empiecen a recordar su vida a cada paso, o que la narración se pare para explicarla con lo que ocurrió hace diez años, o el mes pasado, o el día anterior… Enfanga mucho el ritmo y la progresión, y además está muy visto. Se puede usar, pero es difícil hacerlo bien. Si lo haces, que sea ocasionalmente y con brevedad.

· No expliques la época o el entorno; y si no queda más remedio, que sea a través de un personaje (sin dar discursos). En vez de explicar que en la Edad Media la higiene era muy relativa, incorpora a la narración detalles que la ambienten: chinches en los catres, pulgas, barro, estiércol y olor a orines en las calles, etc. Un buen truco es el “personaje foco”: En vez de describir directamente un lugar, haz que un personaje se pasee por él, y nos transmita sus impresiones.

· No narres un relato histórico con personajes modernos. Queda horroroso que los personajes medievales, o de la época de D’Artagnan, o de la Revolución Francesa, o de la antigua Roma utilicen ideas o términos modernos como “sociedad”, “psicológico”, “estresado”… Si no lo hubiera leído alguna vez, no lo diría; pero ¡Dios bendito! Sí que lo he leído, sí…

· No seas bondadoso cuando narras; después podrás serlo cuanto quieras. Tu personaje medieval no tiene que definirse a cada momento a favor de los derechos humanos, la igualdad de hombres y mujeres, u otros nobles propósitos. Sería tan anacrónico como si llamara al inquisidor por el móvil. Para él, lo más cercano a la justicia social será dar limosna a los pobres. El narrador narra, y no enjuicia. Una buena narración —incluso cuando defiende ideas— no sermonea jamás.


Bueno, pensarás, ¿y dónde está la gracia del asunto? Si todo este esquema se emplea en tantas historias ¿por qué no nos mata de aburrimiento? ocurre que el gran público siempre espera un esquema que seguir para entender la historia, al igual que los niños pequeños siempre piden que les cuenten muchas veces el mismo cuento.

De todos modos, los esquemas demasiado previsibles sí que son aburridos. La “gracia del asunto” está en valerse de ese esquema sin que se note, igual que un mago pone en práctica un truco sin que se lo pillen. Se puede seguir el esquema, siempre que seamos lo bastante hábiles como para variarlo o para darle algún giro interesante. Al final, la trama es lo de menos (aunque siempre deba ser coherente y amena). Lo que fascina al público es el magnetismo de los personajes. Seguro que recuerdas muchas películas por el atractivo de tal o cual personaje, y no tanto por la trama en la que se movían.

Por otra parte, se pueden buscar innovaciones sobre el esquema. Quentin Tarantino hace eso a menudo: desarrolla personajes complejos a partir de simples secundarios, o le da la vuelta a muchos esquemas narrativos. En “Shrek”, el esquema habitual de los personajes de cuento se invierte: el príncipe es el “malo”, el ogro el “bueno”, etc. En el cine de Pedro Almodóvar se juega con personajes tópicos con un toque de extravagancia, para contar historias trágicas y a la vez divertidas. Woody Allen suele tomar personajes más o menos cotidianos, a menudo ridículos, para encarnar las grandes dudas del ser humano. Incluso en obras muy antiguas encontramos la inversión del tópico: en el Poema del Cid, el guerrero decide tomar el camino del derecho en vez de la venganza de sangre, cuando ultrajan a sus hijas; y en el mismo don Quijote de la Mancha, el héroe caballeresco y fantástico se ve encarnado en un antihéroe loco y cotidiano.

En general, tanto las buenas novelas como los buenos guiones de cine procuran mezclar varias tramas y subtramas, mezclar personajes de distintos tipos, combinar varios conflictos diferentes… con el fin de que la historia no quede demasiado previsible. No todas las películas, desde luego, cuentan con buenos guiones, ni todas las novelas con estructuras sólidas.

En el arte de la narración, las técnicas son una herramienta, no una regla. A menudo, precisamente, la “gracia” está en tomarlas como reglas para romperlas, o en mezclarlas para que no se note la tramoya.

Pero de momento, no le busques tres pies al gato. Si construyes tu primera silla, procura que quien se siente no se caiga. Luego ya te preocuparás de labrar relieves en el respaldo, y patas con forma de garras de león. Es decir: procura que tus primeras narraciones sean claras, progresivas, interesantes y con personajes lógicos y llamativos.

Y por último, el truco más valioso de todos: escribir consiste en reescribir. Igual que una casa necesita un plano, una narración sólida necesita su planificación y su progresiva (re)elaboración. Cuando se construye una casa, no se amuebla antes de ponerle el tejado.

Si estás impaciente por escribir tu relato, y no puedes esperar a trabajar toda la planificación, etcétera, puedes hacer alguna “cata”, es decir, escribe unas páginas para quedarte con el tono general del relato, y comprobar si es atractivo o no antes de escribirlo. Luego podrás incorporar lo escrito al relato, o modificarlo, o rechazarlo por completo. Para proyectos largos es recomendable; para cuentos breves, no. Mejor la espontaneidad y pocas notas.



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